¿NECESITO VISA PARA EL CIELO?

           Sin duda que esta es una de las preguntas más polémicas que podemos escuchar, y esto se debe a siglos de cultura que han permitido la mezcla de textos y verdades bíblicas con refranes populares, lo que ha derivado en la creencia colectiva de algunas grandes “verdades” que muchos dan por ciertas, por ejemplo: “Dios es bueno”, “Dios no mandaría a nadie para el infierno”, “Todas las religiones conducen a Dios”, “Yo voy para el cielo porque no soy tan malo”, “Yo hago buenas obras y eso cuenta”, ”Yo voy a la iglesia y escucho la misa”, entre muchas otras similares.

            Un aspecto importante, es que en la mente de las personas está la creencia de que “hace falta hacer algo” para ir al cielo, y eso ha dado origen a una gran cantidad de religiones, sectas, grupos, denominaciones y tantas otras propuestas que podemos observar en la actualidad.

            La pregunta que cabe es: ¿Necesito una visa para ir al cielo?

            Al observar la dinámica migratoria de los países, vemos que hay lugares donde hace falta visa para ir hasta ellos, tomemos el ejemplo de Venezuela, se requiere visa para entrar a 97 países del mundo,  a pesar de la difícil situación del país, aún se puede entrar a 129 países sin necesidad de visa, sólo con el pasaporte venezolano.

            Por ejemplo, si usted es venezolano y quiere entrar a Estados Unidos, le exigirán una visa, y el proceso de obtención en tan estricto que en los últimos tres (3) años, le han negado la visa al 70% de las personas que la han solicitado. Pero esto no siempre fue así, hace 40 años, los venezolanos sólo debían notificar a la embajada americana la fecha de su viaje y automáticamente se le otorgaba el permiso de entrada, lo cual permitía que viajar a Miami fuese más económico que viajar a alguna otra ciudad de Venezuela, los venezolanos tenían ese derecho de nacimiento.

            ¡Algo pasó!, en algún momento de la historia, algunos venezolanos comenzaron a hacer cosas no permitidas por el gobierno de Estados Unidos, comenzaron a violar las leyes y los estatutos establecido por los americanos. Las prácticas ilegales fueron aumentando y eso trajo como consecuencia que el gobierno americano prohibiera la entrada de venezolanos a su territorio y a partir de ese momento, se exigiría una visa formal que sería otorgada luego de un proceso de entrevista de cada persona que quisiera viajar.

            Caben algunas preguntas: ¿De quién fue la culpa?, ¿Por qué no castigaron solamente a esas personas que violentaron los estatutos?, ¿Qué culpa tengo yo de lo que hicieron mis compatriotas hace 40 años?  ¿Por qué se aplica una medida que se extenderá por varias generaciones que no participaron en los actos ilícitos?, entre otras similares.

            Todas esas preguntas son válidas, y pudiéramos considerar que son injustas (si estamos del lado perjudicado), sin embargo también el gobierno de los Estados Unidos  podría hacer algunas consideraciones: ¿Por qué los extranjeros violan nuestras leyes?, ¿Si exigimos el cumplimiento de las leyes a nuestros ciudadanos, podemos permitir que otros las violen?, ¿es justo que vengan personas que han sido beneficiadas por nosotros y falten a las normas y estatutos?, y la más importante: ¿Tenemos el derecho de controlar quien entra y quién no entra en nuestro país?

            Todas estas preguntas inclinan la justicia del lado del país que impone las normas para el ingreso de los extranjeros.

            Hablemos de Dios y del cielo, al principio, luego de la creación, el ser humano tenía pleno acceso a la presencia de Dios, nada material les faltaba, su comunión con Dios era total, privilegios innumerables y sólo una exigencia, sólo una norma, sólo una conducta que mostrara el amor de la criatura por su creador.

            Todos conocemos la historia, un día el hombre y la mujer decidieron violentar la única norma establecida por Dios, las consecuencias, advertidas con claridad, no se hicieron esperar, se rompe las relaciones amistosas y desde ese día, el ser humano y toda su descendencia, perdieron el privilegio que tenían desde su creación en las manos de Dios.

            Tal como los nuevos ciudadanos que nacen hoy en un país que no tiene acceso a otro, los seres humanos  nacen, sin el privilegio de la relación directa con Dios, que un día tuvieron sus antepasados.

            ¡Se requiere una visa!

            A diferencia de una visa de inmigración para ir a otro país, la entrada al cielo demanda una cantidad de requisitos que son imposibles de cumplir por los seres humanos, ya que heredamos una nacionalidad que está enemistada con Dios (el gobernante del cielo).

            Dios, movido por su amor hacia el ser humano, decide crear una “visa” que le permitirá a todos los hombres y mujeres del mundo, entrar al cielo y estar nuevamente en su presencia, Dios establece un instrumento de acceso al cielo y diseña un plan que pagará todas las consecuencias de la violación de las normas y estatutos hechas por todos los seres humanos del mundo, desde el primero hasta el último, por supuesto que el precio de esa “visa” o instrumento será muy alto, tan alto que no hay nadie capaz de pagarlo, excepto el mismo Dios.

            El Hijo de Dios, la segunda persona de la trinidad, perfecto, poderoso, íntegro en amor y obediencia, se desprende de su condición majestuosa, de su investidura de Creador y viene al mundo  a través de una joven mujer, obediente y temerosa de Dios, quien no dudó en cumplir la más hermosa y difícil tarea encomendada a ser humano alguno, dar a luz al Hijo de Dios engendrado por el Espíritu Santo.

            Sobre ese bebé, toda la carga, todo el precio, todas las transgresiones, todas las normas violadas por todos los seres humanos de la historia, una carga muy costosa para un bebé recién nacido. La moneda que usaría ese bebé: su sangre preciosa, no cualquier sangre, sino la sangre del único Hijo de Dios.

            Todos conocemos la historia de Jesús, su vida de obediencia, sin faltas propias, sin culpas propias, pero con una carga tan pesada que sólo Dios podía llevarla, y sólo su terrible muerte, torturado, humillado, avergonzado, clavado en una cruz, con la gran misión de pagar la deuda que todos tenemos con Dios.

            La “visa” para entrar al cielo se estableció en la Cruz del Calvario, donde todas las deudas fueron pagadas, donde todas las faltas fueron borradas, donde todas las planillas fueron llenadas, donde Dios reconcilió toda la creación con él.

            No hay otra “visa” posible, no hay otro camino posible, no hay otro nombre, debajo del cielo, en que podamos hallar salvación, sólo en la obra de Cristo en la Cruz.

            Si tú, de verdad, quieres ir al cielo, te tengo una buena noticia, una excelente noticia, si hay una “visa” y su nombre es Jesucristo.

 “Más a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;” Juan 1:12